Limpiar el sensor
Limpiar el sensor de una SLR: más fácil
de lo que parece
La peor pesadilla para todo propietario de una
réflex digital es el polvo. A excepción
de Olympus, ninguna marca ha puesto sobre la mesa
una solución efectiva de limpieza automática
de la suciedad en el sensor. La mayoría
de fotógrafos recurren a los servicios
técnicos autorizados, con un coste de unos
50 euros por sesión y un mínimo
de 24 horas de espera.
Lo más común al comprar una réflex
digital es que a los pocos días de su uso
comencemos a ver pequeñas manchas grises
en las fotos: es el polvo que se ha ido colando
en el sensor.
La forma más fácil de detectar cuánto
polvo tiene nuestro sensor es disparando una foto
al cielo y comprobar luego el resultado. Las motas
se ven mejor cuanto más cerrado esté
el diafragma y más claro sea el fondo,
por lo que el cielo resulta una referencia excelente.
Ante todo, debe puntualizarse un detalle que
a menudo queda diluido. En realidad, la superficie
sobre la que se acumula el polvo (y, por tanto,
la que hay que limpiar) no es el propio sensor,
sino los filtros infrarrojo y "low pass"
que en la mayoría de modelos se colocan
delante del captor.
Una superficie uniforme, como el fondo de esta
imagen, sirve de referencia para detectar suciedad
en el sensor
No obstante, aunque en ningún momento se
llegue a tocar el sensor, la limpieza es una tarea
que requiere precisión y paciencia. Y precaución
-mucha precaución- para evitar cualquier
daño en la cámara que, teniendo
en cuenta la zona tratada, podría ser muy
grave. Por ello, antes de comenzar, el usuario
debe asumir toda la responsabilidad de esta operación.
Acceder al sensor
El primer paso es acceder a la superficie donde
se encuentra la suciedad. Algunas máquinas,
las más modernas, tienen una opción
que levanta el espejo y retira las cortinillas,
de forma que podamos proceder a limpiar el sensor
sin cargarlo de electricidad estática.
Otras, como la Nikon D100 o la Canon EOS D60
no ofrecen esta posibilidad, y la limpieza ha
de hacerse mediante la activación del modo
de exposición bulb.
Para acceder al sensor, algunos modelos de cámaras
disponen de una función específica
en su menú. En caso contrario, habrá
que recurrir a largas exposiciones en modo bulb.
Es importante evitar exposiciones largas no controladas.
Aunque 30 ó 60 segundos nos parezca mucho
tiempo, nunca se sabe lo que vamos a tardar. Y
si las cortinillas caen mientras estamos limpiando,
el destrozo puede ser enorme.
También por este motivo, es indispensable
que las baterías estén totalmente
cargadas o, mejor aún, que la cámara
esté conectada a la corriente. De hecho,
algunos modelos inhabilitan la opción de
limpieza si no se cumplen alguna de estas dos
condiciones.
La primera opción
Una vez esté accesible la zona a tratar,
es momento de comenzar la limpieza. Si las motas
están bien asentadas en la superficie,
la opción de eliminarlas con la ayuda de
aire será insuficiente. En todo caso, siempre
es recomendable recurrir en primer lugar a esta
solución, pues puede que tan sólo
se trate de polvo. Evitaremos, de este modo, operaciones
más complejas.
En cualquier caso, el aire debe aplicarse con
una pera. Nunca limpiaremos el sensor con aire
comprimido, pues no sabemos si éste puede
contener partículas de suciedad o incluso
de agua. Lo más adecuado es tener la cámara
colocada boca abajo para que el polvo caiga y
no se esparza por el interior de la cámara.
Si esta operación no ofrece los resultados
esperados y en la foto de comprobación
se siguen observando manchas en el sensor, habrá
que pasar al siguiente método.
Gamuza en mano
El procedimiento que vamos a seguir es el más
usado en los servicios técnicos oficiales.
Consiste, básicamente, en pasar por el
sensor una suerte de gamuza empleada a modo de
cepillo. La gamuza se llevará pegadas las
motas, barriéndolas del sensor.
Si el aire no consigue eliminar las motas de polvo,
hay que recurrir a la limpieza directa del sensor
mediante una gamuza.
Varias marcas comercializan aplicadores específicos,
es decir, pequeñas palas ya preparadas
para la anchura del sensor a tratar, de forma
que pueda limpiarse toda su superficie en una
sola pasada. Cuestan unos 9 euros la unidad y
sólo sirven para una única aplicación.
Es importante, además, adquirirlos en un
envase que garantice su total asepsia.
Para su uso, la gamuza nunca debe estar seca porque
podría rayar la superficie. Es imprescindible,
así pues, que esté impregnada de
un líquido específico para la limpieza
de sensores No vale cualquier sustancia: ni agua,
ni alcohol, ni nada por el estilo.
El aplicador debe estar siempre impregnado de
una solución líquida específica
para la limpieza de sensores.
Uno de los productos más empleados es
la solución "Eclipse". Se vende
en tiendas especializadas por un precio cercano
a los 30 euros el bote para unas 60 aplicaciones.
El proceso es sencillo. Lo primero es asegurar
la cámara en un trípode o en cualquier
otra superficie firme, de forma que podamos colocarla
en una posición que nos evite posturas
incómodas. Acto seguido, retiramos la tapa
de la bayoneta y liberamos el sensor tal y como
se ha explicado.
Con la cámara situada en una posición
cómoda, llevamos el aplicador hasta el
extremo de la superficie y lo deslizamos suavemente
hacia abajo.
Llegados a este punto, comienza la verdadera
limpieza. Sobre todo, calma. Quien escribe estas
líneas necesitó de varios minutos
para que la mano le dejara de temblar la primera
vez que realizó semejante operación.
Así que pulso firme, porque el tembleque
no ayuda en absoluto.
Impregnamos el aplicador con dos o tres gotas
de líquido en el filo, que rápidamente
se absorbe y evapora para que no quede ningún
residuo. A continuación llevamos el aplicador
hasta el extremo superior, buscamos el contacto
con la superficie y lo deslizamos suavemente hacia
abajo.
Esta operación -la más delicada-
ha de hacerse sin prisa pero sin pausa, de una
sola vez y con suavidad. Seguidamente repetimos
el proceso en sentido inverso, de abajo a arriba.
Para hacerlo más sencillo podemos dar la
vuelta a la cámara para que la parte de
abajo del sensor quede ahora arriba.
Repetimos el proceso en sentido inverso, de abajo
a arriba. Para hacerlo más sencillo, podemos
dar la vuelta a la cámara para que la parte
de abajo del sensor quede ahora arriba.
Repetimos el proceso: gotas al aplicador, evaporación
rápida, contacto con el sensor y deslizamiento
suave. Listo. Soltamos el espejo y colocamos el
objetivo.
Terminado el proceso, una foto de referencia
nos permitirá comprobar el resultado de
la limpieza. Si aún queda suciedad, se
puede repetir el proceso.
Repetimos entonces la foto de referencia y comprobamos
el resultado. Si la primera limpieza no ha sido
suficiente, podemos repetirla dos o tres veces
con el mismo aplicador. Después lo tiramos,
y listo.
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